Primer artículo de una serie de tres, dedicada al arte en el mundo megalítico.

Este artículo inaugura una serie de tres textos dedicados al arte megalítico, entendiendo este no como un fenómeno marginal o decorativo, sino como una parte esencial del sistema simbólico de las sociedades que construyeron los grandes monumentos de piedra durante la Prehistoria reciente. A lo largo de la serie se abordará qué es el arte megalítico, cómo se integra en la arquitectura funeraria y cuáles son sus principales manifestaciones en la Península Ibérica.

¿Qué entendemos por arte megalítico?

El término arte megalítico engloba el conjunto de manifestaciones gráficas y plásticas asociadas de manera directa a los monumentos megalíticos, especialmente dólmenes, sepulcros de corredor y galerías cubiertas. Incluye grabados, relieves y, en menor medida, pinturas, ejecutados sobre los ortostatos, las losas de cubierta o elementos estructurales del monumento.

A diferencia de otras formas de arte prehistórico, el arte megalítico no se concibe de manera autónoma: forma parte del propio monumento, está ligado a su función funeraria y ritual, y participa activamente en la construcción del significado del espacio. No se trata, por tanto, de un arte destinado a la contemplación estética, sino de un lenguaje visual codificado, comprensible dentro de una comunidad concreta y en un contexto ritual específico.

¿Para qué sirve el arte megalítico?

Desde una perspectiva prudente pero interpretativa, el arte megalítico puede entenderse como una herramienta con múltiples funciones simbólicas:

  • Ritual y funeraria, vinculada al tránsito, la muerte y la memoria de los ancestros.
  • Identitaria, reforzando la cohesión del grupo y su relación con el territorio.
  • Comunicativa, mediante símbolos compartidos que transmiten ideas de pertenencia, linaje o cosmología.

La reiteración de motivos, su ubicación estratégica dentro del monumento y su asociación con espacios de acceso restringido sugieren que este arte no estaba destinado a todos, sino a quienes participaban activamente en los rituales o poseían el conocimiento necesario para interpretarlo.

Motivos y formas: un repertorio compartido

El repertorio del arte megalítico es relativamente homogéneo en amplias áreas de Europa occidental, lo que apunta a tradiciones simbólicas compartidas. Entre los motivos más frecuentes destacan:

  • Cazoletas (cup-marks), aisladas o en agrupaciones.
  • Líneas onduladas, zig-zag y retículas, posiblemente relacionadas con ideas de tránsito, agua o límites simbólicos.
  • Motivos antropomorfos y armas esquemáticas, especialmente en fases avanzadas del fenómeno megalítico.

En la Península Ibérica, estos motivos aparecen integrados de manera coherente en la arquitectura, reforzando el carácter simbólico del conjunto.

Ejemplos destacados en la Península Ibérica

Uno de los casos más conocidos es el Dolmen de Menga (Antequera, Málaga). Aunque su monumentalidad suele acaparar la atención, algunos de sus ortostatos presentan grabados discretos, cuya lectura simbólica debe ponerse en relación con el espacio interno, la orientación del monumento y su relación con el paisaje circundante.

En Valencina de la Concepción (Sevilla), especialmente en el tholos de La Pastora, se documentan elementos decorativos y estructurales que refuerzan la experiencia ritual del recorrido funerario, donde arquitectura y simbolismo actúan de forma conjunta.

Imagen propia de grabados en el Dolmen de La Pastora.

Otro ejemplo significativo es el conjunto de dólmenes de Soto (Trigueros, Huelva), donde los grabados sobre los ortostatos del corredor —líneas, figuras esquemáticas y posibles representaciones antropomorfas— evidencian una clara intención simbólica ligada al tránsito hacia la cámara funeraria.

En el noroeste peninsular, especialmente en Galicia, las cazoletas grabadas sobre losas megalíticas muestran una continuidad simbólica que enlaza el arte megalítico con otras tradiciones gráficas prehistóricas del territorio.

Un lenguaje visual integrado en el monumento

El arte megalítico no puede analizarse de forma aislada. Su significado emerge de la relación entre imagen, soporte, espacio y ritual. La elección del lugar donde se graba un motivo, su visibilidad —o su ocultación— y su asociación con determinadas fases constructivas del monumento son elementos clave para su interpretación.

Desde esta perspectiva, el arte megalítico actúa como un lenguaje visual estructurado, destinado a reforzar el carácter sagrado del monumento y a materializar conceptos fundamentales para las comunidades que lo erigieron: la muerte, la memoria, el territorio y la continuidad del grupo.