El héroe romántico que puso el megalitismo andaluz en el mapa
Si hoy paseamos por las tierras de Granada o Almería y nos maravillamos ante sus dólmenes, es en gran medida gracias a un hombre que, en pleno siglo XIX, decidió que aquellas «piedras viejas» tenían una historia que contar. Manuel de Góngora y Martínez no era solo un catedrático de universidad, era lo que hoy llamaríamos un aventurero del conocimiento. En una época en la que la arqueología era vista por muchos como una locura o un estudio estéril, Góngora recorrió Andalucía bajo el sol de la canícula y los hielos del invierno, movido por un puro amor al estudio y, a menudo, pagando las investigaciones de su propio bolsillo.

Hacia 1868, el mundo científico miraba con fascinación hacia el norte de Europa y la fachada atlántica cuando se hablaba de megalitos. Se pensaba que el sur de España era un desierto de datos prehistóricos. Fue entonces cuando Manuel de Góngora publicó su obra cumbre: «Antigüedades Prehistóricas de Andalucía». Un pionero cuando nadie miraba al sur.
Este libro no fue un catálogo más. Fue el primer gran grito de atención sobre la riqueza megalítica del interior y el sureste peninsular. Góngora dio a conocer al mundo los conjuntos de dólmenes del río Gor y Fonelas, las espectaculares Peñas de los Gitanos en Montefrío y el dolmen de Dílar. Lo que hoy nos parece un itinerario arqueológico clásico, en 1868 era un descubrimiento revolucionario que situaba a Andalucía a la altura de los grandes focos megalíticos europeos.
Lo que hace que la figura de Góngora sea tan especial, y tan cercana a nosotros hoy en día, es su forma de trabajar. Se le define a menudo dentro de la «arqueología romántica». Sus escritos no son solo datos técnicos, hay una evocación viajera, un respeto casi sagrado por el paisaje y las piezas que encontraba.
En su libro, Góngora describe con asombro las «enormes piedras» que forman las cámaras sepulcrales, comparándolas con las que se encuentran desde el Báltico hasta el Indostán. No se limitaba a medir, él «preguntaba a la naturaleza muerta sobre el arte muerto«, buscando entender quiénes eran aquellas personas que levantaron tales monumentos sin la ayuda de la maquinaria moderna.
Aunque su impacto en el megalitismo de superficie es innegable, Góngora es mundialmente famoso por su descripción de la Cueva de los Murciélagos de Albuñol. Imagina la escena: una cueva recóndita donde se encuentran esqueletos que aún conservan sus ropas de esparto, sus sandalias y sus cestillos de flores y semillas.
Uno de los hallazgos más icónicos que Góngora documentó fue un esqueleto que portaba una diadema de oro puro de 24 quilates. Fue él quien salvó para la historia la descripción de estos materiales orgánicos (cestas, sandalias, cuerdas) que, por su fragilidad, habrían desaparecido sin su rápida intervención y su minuciosa descripción. Gracias a su defensa del patrimonio, hoy conservamos en el Museo Arqueológico Nacional colecciones que son únicas en toda Europa.
Góngora también tuvo un ojo clínico para el arte rupestre. Fue él quien descubrió la Cueva de los Letreros en Vélez-Blanco y, con ella, la figura del Indalo. Antes incluso de que se publicaran las famosas pinturas de Altamira, Góngora ya estaba catalogando pinturas esquemáticas en el sur, entendiendo que esos «letreros» eran la escritura de nuestros antepasados. Para él, el Indalo era una figura humana con un arco sobre sus brazos extendidos, un tótem que con el tiempo se convertiría en el símbolo de toda una provincia.

Un legado que todavía usamos
¿Por qué es importante leer a Góngora hoy? Porque su obra sigue siendo la base para muchos arqueólogos modernos, historiadores y aprendices de historiadores 😉. Cuando se quieren iniciar nuevas prospecciones en Granada o Almería, las anotaciones de Góngora de hace más de 150 años suelen ser el punto de partida. Él fue el puente entre el anticuario tradicional y el arqueólogo científico, alguien que entendió que los monumentos megalíticos no eran solo tumbas, sino marcas de propiedad y de identidad de los primeros agricultores que habitaron estas tierras.
Góngora, junto con el matrimonio Leisner, son dos de las grandes bases documentales que están sustentando el estudio megalítico de esta web.
Manuel de Góngora falleció en Madrid en 1884, dejando tras de sí una Andalucía redescubierta. Su pasión nos enseña que la arqueología no es solo desenterrar objetos, sino rescatar la memoria de quienes fuimos. Como él mismo decía, era una labor necesaria para que los tiempos antiguos no fueran borrados de la memoria de los hombres.
Publicaciones de Góngora
- Antigüedades prehistóricas de Andalucía (1868)
- Viaje literario por las provincias de Granada y Jaén (1860)
- A la Hermanita Carmen y a las monjas del convento de Santa Catalina de Zafra de Granada (1873)
- Lecciones de historia universal (1878)
- Lecciones de historia universal y particular de España (1878)
- Monumentos del antiguo Reino de Granada (1870)
- Memoria sobre la cueva de los Murciélagos
- Nociones de historia universal (1882)
- Nociones de Historia Universal y de España (1882)
