Durante mucho tiempo imaginamos el Neolítico como una época de comunidades agrícolas relativamente pacíficas, dedicadas al cultivo de la tierra y a la construcción de monumentos megalíticos. Sin embargo, los avances de la arqueología y la bioantropología están dibujando un panorama mucho más complejo. La violencia existía mucho antes de los grandes ejércitos y de las primeras ciudades, aunque apenas comenzamos a comprender cómo se manifestaba.
Uno de los yacimientos que mejor refleja ese cambio de perspectiva es el abrigo de San Juan ante Portam Latinam, en Laguardia (Álava). En su interior aparecieron los restos de al menos 338 personas, convirtiéndolo en uno de los mayores depósitos funerarios prehistóricos de la Península Ibérica. Un reciente estudio publicado en Scientific Reports ha vuelto a analizar este excepcional conjunto con técnicas forenses modernas, aportando nuevas evidencias sobre los conflictos que vivieron aquellas comunidades hace unos cinco mil años.
Fernández-Crespo, T., Ordoño, J., Etxeberria, F., Herrasti, L., Armendariz, Á., Vegas, J. I., & Schulting, R. J. (2023). Large-scale violence in Late Neolithic Western Europe based on expanded skeletal evidence from San Juan ante Portam Latinam. Scientific Reports, 13(1), 17103. https://doi.org/10.1038/s41598-023-43026-9
Pero la importancia del yacimiento no reside únicamente en el número de individuos recuperados. Lo verdaderamente extraordinario es que conserva información suficiente para reconstruir cómo vivieron, cómo murieron y qué tipo de sociedad habitaba el valle del Ebro en el final del Neolítico.
Mucho más que un enterramiento colectivo
Durante años, San Juan ante Portam Latinam fue considerado un gran enterramiento colectivo, una práctica relativamente habitual en la prehistoria reciente. Sin embargo, el nuevo estudio demuestra que el yacimiento es mucho más que eso. Los restos conservan evidencias de traumatismos, enfermedades, estrés fisiológico y distintas formas de deposición que permiten reconstruir la historia de toda una comunidad.
Los investigadores documentaron individuos de todas las edades y ambos sexos, además de numerosas lesiones compatibles con episodios de violencia. Algunas heridas habían cicatrizado, señal de que estas personas sobrevivieron a agresiones anteriores, mientras que otras se produjeron en el momento de la muerte. Todo ello dibuja un escenario donde los conflictos formaban parte de la vida cotidiana mucho antes de la aparición de los primeros estados.
La gran diferencia entre este estudio y los realizados hace unas décadas no está en los huesos, sino en la forma de analizarlos. Los investigadores combinaron tafonomía (rama de la paleontología que estudia los procesos de fosilización y la formación de los yacimientos de fósiles), para distinguir qué alteraciones ocurrieron tras el enterramiento; traumatología, capaz de diferenciar lesiones producidas en vida de las causadas siglos después; dataciones por radiocarbono, para conocer cuándo fue utilizado el abrigo; análisis espacial, que estudia la posición de cada resto; y bioarqueología, que integra toda esa información para reconstruir la vida de la población.
Gracias a este enfoque multidisciplinar, el yacimiento deja de ser un conjunto de esqueletos y se convierte en una fuente excepcional para conocer cómo vivían, enfermaban y se enfrentaban las comunidades del Neolítico final.
El estudio confirma que la violencia desempeñó un papel importante en esta comunidad. Los investigadores identificaron lesiones perimortem, traumatismos antiguos ya cicatrizados y varias puntas de flecha asociadas a algunos individuos, evidencias compatibles con enfrentamientos violentos.
Sin embargo, también invita a ser prudentes. Los datos no permiten afirmar que las 338 personas murieran en un único episodio ni que estemos ante la primera guerra de Europa. Tampoco es posible identificar quiénes fueron los agresores o cuáles fueron las causas concretas del conflicto.
Precisamente ahí reside el valor de la investigación. En lugar de ofrecer respuestas definitivas, proporciona nuevas evidencias para comprender cómo evolucionó la violencia en las primeras sociedades agrícolas de la Península Ibérica y abre nuevas líneas de investigación que hace solo unos años resultaban impensables.
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