Tradiciones regionales, ejemplos destacados y estado de la investigación
Este tercer y último artículo cierra la serie dedicada al arte megalítico, abordándolo desde una perspectiva territorial. Tras analizar el arte megalítico como lenguaje simbólico y su integración en la arquitectura funeraria, el objetivo ahora es ofrecer una visión de conjunto del arte megalítico en la Península Ibérica, atendiendo a su diversidad regional, a los principales ejemplos conocidos y al estado actual de la investigación.
Lejos de constituir un fenómeno homogéneo, el arte megalítico peninsular presenta variantes locales claramente diferenciadas, que reflejan tradiciones culturales específicas integradas en un marco simbólico compartido a escala atlántica y europea.
Un marco peninsular diverso
El desarrollo del megalitismo en la Península Ibérica se extiende, con variaciones regionales, desde el Neolítico medio hasta el Calcolítico. En este amplio marco cronológico, el arte megalítico adopta formas distintas según los territorios, los tipos de monumento y las tradiciones culturales locales.
Aun así, es posible identificar rasgos comunes:
- Predominio del grabado frente a la pintura
- Uso de motivos abstractos y esquemáticos
- Integración directa en la arquitectura funeraria
Estos elementos permiten hablar de un lenguaje simbólico compartido, reinterpretado de manera local.
Andalucía occidental y meridional
Andalucía constituye una de las regiones clave para el estudio del megalitismo peninsular, tanto por la monumentalidad de sus construcciones como por la riqueza de su simbolismo.
En la provincia de Huelva, el Dolmen de Soto (Trigueros) destaca por la abundancia y variedad de grabados en los ortostatos del corredor. Se documentan motivos lineales, figuras esquemáticas y posibles representaciones antropomorfas, cuya disposición acompaña el recorrido hacia la cámara funeraria. Este conjunto constituye uno de los mejores ejemplos de integración entre arte, arquitectura y ritual en la Península Ibérica.
En Antequera (Málaga), el conjunto formado por Menga, Viera y El Romeral presenta un caso singular. Aunque los grabados conservados son escasos y discretos, el simbolismo del conjunto se manifiesta principalmente a través de la arquitectura, la orientación y la relación con hitos naturales del paisaje. El arte, en este caso, actúa de forma complementaria dentro de un sistema simbólico más amplio.
En el entorno de Valencina de la Concepción (Sevilla), especialmente en estructuras como el tholos de La Pastora, se observa una concepción del espacio funerario donde arquitectura, recorrido y elementos simbólicos configuran una experiencia ritual compleja, característica del megalitismo avanzado del suroeste peninsular.
Extremadura y el occidente peninsular
Extremadura constituye otra de las grandes áreas megalíticas de la Península Ibérica. Monumentos como los dólmenes de Valencia de Alcántara muestran grabados esquemáticos y cazoletas que se integran en sepulcros de corredor y cámaras simples.
En esta región, el arte megalítico aparece de forma más sobria, pero mantiene una clara función simbólica. Las cazoletas, en particular, parecen desempeñar un papel destacado, posiblemente relacionado con prácticas rituales repetidas a lo largo del tiempo.
Galicia y el noroeste peninsular
El noroeste peninsular presenta una tradición megalítica propia, en la que el arte se manifiesta de manera más discreta pero significativa. En Galicia, las cazoletas grabadas sobre losas megalíticas establecen un vínculo claro entre el arte funerario y otras tradiciones gráficas prehistóricas del territorio.
La continuidad de estos motivos en diferentes contextos —megalíticos y no megalíticos— ha llevado a algunos investigadores a plantear la existencia de paisajes simbólicos persistentes, donde determinados signos mantienen su significado a lo largo del tiempo, adaptándose a distintos soportes y funciones.
La Meseta y el interior peninsular
En las áreas del interior, el arte megalítico es menos abundante, aunque no inexistente. Los grabados documentados suelen ser simples y esquemáticos, con predominio de cazoletas y líneas incisas.
Esta aparente austeridad no implica una menor carga simbólica, sino posiblemente tradiciones visuales distintas, adaptadas a contextos sociales y territoriales específicos. La menor visibilidad del arte en estas zonas plantea retos interpretativos que requieren enfoques comparativos y territoriales.
Relaciones atlánticas y singularidad ibérica
El arte megalítico peninsular se inscribe claramente en el ámbito atlántico europeo, compartiendo motivos y conceptos con regiones como Bretaña, Irlanda o las Islas Británicas. Sin embargo, presenta también rasgos propios, especialmente en el sur y suroeste de la Península, donde se desarrollan formas arquitectónicas y simbólicas singulares.
Esta combinación de influencias externas y desarrollos locales refuerza la idea de un megalitismo dinámico, en constante adaptación, donde el arte actúa como un medio flexible de expresión simbólica.
Estado de la investigación y retos actuales
El estudio del arte megalítico en la Península Ibérica ha avanzado notablemente en las últimas décadas, gracias a:
- Nuevas técnicas de documentación (fotogrametría, escáner 3D)
- Relecturas de conjuntos clásicos
- Enfoques interdisciplinarios
No obstante, persisten importantes retos, entre ellos la documentación exhaustiva de conjuntos poco conocidos, la revisión crítica de interpretaciones antiguas y la integración de datos dispersos en archivos y publicaciones de difícil acceso.
La conservación del arte megalítico plantea además desafíos específicos, ya que muchos grabados son extremadamente frágiles y sensibles a la erosión natural y a la acción humana.
El arte megalítico de la Península Ibérica constituye un patrimonio de enorme valor histórico y simbólico. Su estudio no solo permite comprender mejor las sociedades prehistóricas que lo produjeron, sino también reflexionar sobre la relación entre espacio, memoria y territorio a largo plazo.
Como cierre de esta serie, puede afirmarse que el arte megalítico no es un fenómeno marginal ni secundario, sino un componente esencial del megalitismo peninsular, inseparable de la arquitectura, el ritual y el paisaje. Su análisis riguroso, prudente y contextualizado sigue siendo una de las vías más productivas para profundizar en el conocimiento de la Prehistoria reciente.

