La arqueología decimonónica tenía la mala costumbre de categorizar el pasado como si fuera un catálogo de antigüedades estático. Se descubría un dolmen, se limpiaba la cámara sepulcral, se extraían las puntas de flecha o los cuencos cerámicos y se decretaba que aquella estructura pertenecía a una época concreta y a un grupo humano bien delimitado. Fin de la historia. Una visión simplista y cómoda para redactar libros del siglo XIX, pero insostenible cuando la analítica biomolecular entra en la ecuación.

El volumen colectivo Megalithic Societies: Old Questions, New Narratives (Archaeopress Archaeology), coordinado por investigadores del Instituto de Ciencias del Patrimonio (INCIPIT-CSIC) y la Universidad de Durham, abre el fuego precisamente abordando este anacronismo historiográfico. En el capítulo inaugural, titulado «Time, mobility and society: new approaches to megalithic monumentality in western and northern Europe», el profesor Chris Scarre (Durham University) plantea una enmienda a la totalidad sobre cómo hemos medido el tiempo, el espacio y la jerarquía social en las primeras sociedades agrícolas de la fachada atlántica europea.

Enlace al perfil del profesor Chris Scarre

Emeritus professor Durham University

https://megaorigins.webspace.durham.ac.uk/chris-scarre/

Vamos a desgranar los puntos clave y principales:

Durante décadas se ha trabajado con horquillas radiocarbónicas del C14 de dos o tres siglos de margen de error. Con semejante resolución visual, quinientos años de historia neolítica parecían un bloque homogéneo. Si la datación arrojaba una cifra entre el 3800 a. C. y el 3500 a. C., la conclusión apresurada era atribuir la construcción y uso del monumento a un periodo breve. La modelización estadística bayesiana aplicada a las dataciones por radiocarbono ha destrozado esa miopía.

Scarre demuestra cómo la biografía de estructuras clave en Gran Bretaña, la Bretaña francesa y el sur de Escandinavia no responde a un evento puntual de edificación. Hablamos de un proceso dinámico de remodelación continua. Una comunidad erigía un tumba de corredor modesta hacia el 3700 a. C. Dos siglos después, otra generación desmontaba el túmulo exterior, añadía ortostatos de tonalidades litológicas distintas traídos desde yacimientos distantes y reorientaba la entrada para alinearla con el orto solar del solsticio. Más tarde, hacia el 3000 a. C., los recintos se sellaban, se adosaban fachadas monumentales de mampostería o se convertían en espacios de deposición secundaria.

Aquel fenómeno recordaba a una suerte de arquitectura acumulativa. Un auténtico IKEA hack prehistórico donde la estructura original servía como chasis base para que cada época proyectara sus propias necesidades litúrgicas, dinásticas o territoriales. El monumento no estaba terminado cuando se colocaba la última piedra cobertora; comenzaba entonces su ciclo vital.

Propuesta de fases constructivas

Si el tiempo de los monumentos era elástico, la movilidad de las personas que los utilizaban no se quedaba atrás. La antigua dicotomía entre el cazador-recolector nómada y el agricultor neolítico sedentario atado a su parcela de trigo resulta una visión desfasada que cada vez mas investigaciones enfrentan. La aplicación sistemática del análisis de isótopos estables en el restos óseos humanos (midiendo ratios de Estroncio (⁸⁷Sr/⁸⁶Sr) y Oxígeno (δ¹⁸O) en el esmalte dental) ha aportado una luz que da poco lugar a duda.

El esmalte registra la firma geoquímica del agua y los alimentos consumidos durante la infancia. Si el esmalte de un individuo sepultado en un dolmen de granito sobre la meseta no coincide con la geología local, sabemos a ciencia cierta que se crió a decenas o cientos de kilómetros de allí, probablemente en valles sedimentarios o zonas costeras. Los datos procesados por Scarre revelan patrones sostenidos de transhumancia a corta y media distancia para la gestión de las cabañas ganaderas, combinados con movimientos interregionales a lo largo del pasillo marítimo atlántico.

Las comunidades megalíticas no estaban congeladas en sus valles. Circulaban. Comerciaban con hachas de dolerita y jadeíta alpina. Intercambiaban ganado y material genético. Los dólmenes no marcaban la propiedad privada de un terreno en el sentido moderno del término, sino que actuaban como nodos fijos dentro de una red de rutas itinerantes. Eran marcas de navegación terrestre y centros de agregación social donde grupos dispersos se reunían estacionalmente para celebrar banquetes rituales, concertar alianzas y reafirmar la memoria de los ancestros comunes.

Mapa de red de isotopos muestra en Fachada Atlántica

Esta red de interacciones conecta directamente con una de las tesis con mas peso de la última década: el modelo de difusión marítima propuesto por la arqueóloga Bettina Schulz Paulsson (Universidad de Gotemburgo). Tras analizar más de 2.400 dataciones radiocarbónicas mediante estadística bayesiana, Schulz Paulsson propuso su teoría de que el megalitismo no surgió de múltiples focos independientes, sino que tuvo un origen único en el noroeste de Francia (Bretaña) hacia el 4700 a. C., expandiéndose desde allí en oleadas sucesivas a través de las rutas marítimas atlánticas y mediterráneas. Los datos de Scarre sobre la movilidad a larga distancia y el intercambio genético parecen confirmar este modelo de movilidad; aunque, personalmente, el modelo de Bettina me genera muchas dudas y sesgos en lo que respecta a la identificación del origen.
La tumba de piedra no viajaba; viajaba la idea, transportada por comunidades que poseían una tecnología naval y unas habilidades de navegación mucho más avanzadas de lo que la historiografía tradicional estaba dispuesta a admitir para el Neolítico.

La genómica de poblaciones (aDNA) ha sumado más leña al fuego metodológico. Los análisis de parentesco en grandes sepulcros colectivos de Irlanda o Escandinavia han documentado casos de linajes patrilineales que dominaron ciertos santuarios funerarios durante generaciones. Sin embargo, Scarre mantiene la cautela analítica que exige la buena praxis historiográfica: extrapolation no es evidencia. Y es algo que tranquiliza mucho, esa coherencia y precaución en la conclusión.

La construcción de un complejo que involucra el desplazamiento de bloques de piedra de veinte toneladas exige un volumen de horas de trabajo y un soporte logístico que requiere organización social. No obstante, esa coordinación no implica necesariamente la existencia de reyes de la Edad del Bronce o caudillos despóticos. La cohesión comunitaria, el prestigio ritual compartido y la emulación entre clanes vecinos son mecanismos suficientes para explicar el esfuerzo colectivo sin recurrir a estructuras piramidales coercitivas. La arquitectura megalítica europea fue tan diversa en sus formas sociopolíticas como lo fue en sus soluciones constructivas.

Y como siempre un último apunte sobre cuidado, mantenimientoy puesta en valor de nuestro patrimonio.
Es una paradoja pura. Estas estructuras de piedra resistieron milenios de variaciones bioclimáticas, la deforestación neolítica, las transformaciones agrarias romanas y la expansión medieval. Sin embargo, en pleno siglo XXI, el ritmo de degradación del patrimonio megalítico se ha acelerado de forma alarmante.

Investigadores como Chris Scarre, o los equipos del INCIPIT-CSIC que impulsan este tipo de publicaciones, nos ofrecen las herramientas científicas para comprender el valor real de lo que pisamos. Proteger un dolmen no consiste en ponerle un cartel explicativo obsoleto y olvidar su existencia hasta las siguientes elecciones locales. Requiere planes de conservación preventiva, monitoreo geofísico continuado y una divulgación rigurosa que conecte al público general con los avances de la ciencia. Si la sociedad no comprende la histórica oculta en cada ortostato, difícilmente moverá un dedo cuando la apisonadora del supuesto progreso decida derribarlo.


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