Este texto amplía el segundo artículo de la serie dedicada al arte megalítico, profundizando en la relación directa entre arte y arquitectura funeraria a través de ejemplos concretos documentados en la Península Ibérica.
El objetivo es mostrar, de forma ordenada y visual, cómo los distintos tipos de manifestaciones gráficas se integran en el espacio construido y participan activamente en la experiencia ritual del monumento. Cada apartado presenta un tipo de arte megalítico, acompañado de ejemplos reales, preferentemente en España, y orientaciones claras sobre el uso de imágenes arqueológicas y reconstrucciones interpretativas.
Las cazoletas o cup-marks constituyen una de las formas más simples y extendidas del arte megalítico. Se trata de pequeñas cavidades circulares excavadas en la superficie de la piedra, aisladas o formando agrupaciones. Muchas veces van asociadas a otro tipo de petroglifos, tanto en arte megalítico como en expresiones artísticas en roca sin entorno megalítico.
Es raro encontrar uno solo de estos ejemplos. En este caso incluimos las reproducciones que Alonso Gutiérrez Ayuso ha incluido en su estudio de “Las representaciones esquemáticas del Dolmen de Magacela: nuevas aportaciones e interpretaciones”, donde se combinan un soliforme (representación solar) con motivos serpeteantes y cazoletas.


Su aparente simplicidad contrasta con su fuerte carga simbólica. La repetición del gesto de grabar sugiere prácticas rituales reiteradas en el tiempo. Su localización, a menudo en zonas de paso o reutilización del monumento, apunta a un uso prolongado, vinculado a la memoria colectiva y a la activación simbólica del espacio funerario.
Muy habituales en grandes megalitos son los grabados lineales y geométricos, como líneas incisas, zig-zag o retículas, aparecen con frecuencia en sepulcros de corredor, acompañando el desplazamiento hacia la cámara funeraria.

Estos motivos refuerzan simbólicamente el recorrido. No decoran un punto aislado, sino que se distribuyen a lo largo del eje de tránsito, sugiriendo una lectura secuencial del espacio. El arte acompaña el movimiento, marcando el paso del exterior al interior, del mundo de los vivos al ámbito funerario.
En algunos monumentos aparecen figuras antropomorfas esquematizadas, reducidas a trazos esenciales. No se trata de representaciones narrativas, sino de símbolos visuales cargados de significado.
Estas figuras se han relacionado con la representación simbólica de ancestros, identidades colectivas o presencias protectoras. Su ubicación en zonas clave del monumento refuerza su papel dentro del sistema ritual, más que como imágenes destinadas a la contemplación.
Muy relevante en este caso uno de los megalitos de la península ibérica con mayor número de grabados, el Dolmen de Mega. Se incluye en el siguiente video un reportaje del megalito con detalle de muchos de sus grabados.
En fases avanzadas del megalitismo, especialmente en contextos calcolíticos, aparecen grabados que evocan armas u objetos simbólicos: puñales, hachas o báculos esquemáticos. Principalmente, este tipo de grabados los podemos observar en las llamadas estelas de guerrero, pero también incluidas o asociadas a algún monumento megalítico como las estelas de Magacela y de El Viso que podemos observar en el MAN (Museo Arqueológico Nacional).

Estos motivos se asocian a cambios sociales profundos, vinculados a la diferenciación de estatus y al surgimiento de nuevas formas de poder simbólico. Su presencia en espacios funerarios sugiere una resignificación del monumento, adaptado a nuevas realidades sociales.
No todos los monumentos presentan grabados visibles. El Dolmen de Menga (Antequera, Málaga) es un ejemplo paradigmático de cómo la arquitectura en sí misma puede funcionar como un dispositivo simbólico completo. La ausencia de decoración explícita no implica ausencia de simbolismo. En Menga, el tamaño, la orientación, el control del espacio y la relación con el paisaje generan una experiencia ritual de enorme potencia. La arquitectura no contiene el arte: es el arte.
Un caso especialmente ilustrativo de cómo el arte y la plástica se integran en el contexto funerario y simbólico del megalitismo peninsular es el del Tholos de Montelirio, en Castilleja de Guzmán (Sevilla). Este gran monumento calcolítico exhibe un repertorio excepcional de elementos plásticos, entre los que destacan láminas de pizarra decoradas con pigmentos, estelas de arcilla modelada, betilos y figurillas zoomorfas y fitomorfas talladas en materiales como marfil, así como elaboradas indumentarias ceremoniales confeccionadas con cuentas perforadas y fibras vegetales. Estos objetos, excepcionalmente bien preservados, articulan un discurso visual complejo que va más allá de los grabados sobre los ortostatos y que incorpora escultura, iconografía móvil y artefactos simbólicos vinculados a la identidad y al estatus de los individuos enterrados. El estudio de estos conjuntos sugiere que el espacio funerario del tholos no era simplemente un depósito de restos humanos, sino un escenario artístico y ritual en el que la representación visual contribuía a la negociación ideológica del estatus social, la memoria colectiva y la cosmología de las comunidades megalíticas. Imprescindible este magnífico artículo sobre Montelirio, donde analiza estas ilustraciones: «El arte y la plástica en el tholos de Montelirio».

Arte, espacio y ritual: una lectura integrada
El recorrido por estos ejemplos muestra que el arte megalítico solo adquiere pleno sentido cuando se analiza en relación con la arquitectura y el uso ritual del espacio. Grabados, pinturas, cazoletas y motivos esquemáticos no son elementos aislados, sino partes activas de un sistema simbólico complejo.
El monumento megalítico es una construcción visual, espacial y simbólica, diseñada para ser vivida, recorrida y recordada.
Este texto se integra en la serie dedicada al arte megalítico, junto con
El arte megalítico como lenguaje simbólico, Arte megalítico y arquitectura funeraria y El arte megalítico en la Península Ibérica, ofreciendo una visión coherente y progresiva de este fenómeno.
