La arqueología ibérica padeció durante más de un siglo una epidemia que podríamos llamar de vaguedad cronológica, agravada por la tecnología y metodos del SXIX y XX. Asignábamos siglos enteros a bulto basándonos en la tipología de una cazuela de barro o en la forma de una punta de flecha de sílex.

El segundo capítulo del volumen Megalithic Societies: Old Questions, New Narratives (Archaeopress Archaeology), firmado por el catedrático Leonardo García Sanjuán (Universidad de Sevilla) junto a un equipo multidisciplinar de referencia internacional, marca un antes y un después. El trabajo, titulado «Towards a high-resolution chronology of major megalithic monuments: Menga and Montelirio (Andalusia, Spain)», no ofrece conjeturas poéticas. Aporta datos duros. Números. Modelización estadística bayesiana combinada con luminiscencia estimulada ópticamente (OSL).

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Leonardo García Sanjuan

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Leonardo García Sanjuán es un reconocido arqueólogo español y Catedrático de Prehistoria en la Universidad de Sevilla. Es uno de los mayores expertos en el megalitismo y en el estudio de las sociedades ibéricas del Neolítico Tardío, la Edad del Cobre y la Edad del Bronce.

Hasta hace apenas una década, la base cronométrica para los grandes megalitos del sur de la península ibérica era escasa y deficientemente documentada. En el caso concreto del Dolmen de Menga, el número de dataciones absolutas publicadas pasó literalmente de cero a 79 en el intervalo de diez años. Aquel vacío analítico alimentó toda clase de especulaciones sobre si Antequera era una anomalía tardía o un desarrollo paralelo a los complejos atlánticos. Las primeras dataciones radiocarbónicas sólidas que confirmaron la construcción de Menga en pleno Neolítico Final se obtuvieron en el año 2006, aunque la comunidad científica tuvo que esperar diez años más para verlas publicadas. La investigación de García Sanjuán y sus colaboradores pone sobre la mesa una batería de datos que reescribe la biografía arquitectónica de la Prehistoria reciente en el sur de Europa.

El gran obstáculo científico para fechar la construcción del Dolmen de Menga fue, paradójicamente, su éxito histórico. El monumento estuvo expuesto, abierto y utilizado de forma tan intensa e ininterrumpida a lo largo de milenios que los depósitos funerarios o rituales del Neolítico Final en su interior fueron barridos por las sucesivas generaciones. No había huesos neolíticos en la cámara principal. Tampoco ajuares primarios intactos. Para fechar el origen de una de las mayores obras de ingeniería de la Prehistoria mundial, los investigadores tuvieron que agudizar la estrategia metodológica.

La solución no estuvo dentro de la cámara, sino en la base del túmulo exterior. Los arqueólogos analizaron muestras de vida animal (huesos con marcas de procesado humano) y material carbonizado atrapado en los estratos sedimentarios previos y coetáneos a la erección de los grandes bloques. Para rematar el análisis con precisión milimétrica, aplicaron la datación por luminiscencia estimulada ópticamente (OSL) en la fosa del Pilar 3, una técnica que no mide la descomposición de la materia orgánica, sino el tiempo transcurrido desde que un cristal de cuarzo en el sedimento recibió la luz del sol por última vez antes de quedar sepultado por la piedra.

El Dolmen de Menga fue construido entre el 3800 y el 3600 a. C., en plena fase del Neolítico Final. Esta datación sitúa a Menga como un logro monumental de gigantismo temprano, erigido con ortostatos de docenas de toneladas y losas de cubierta colosales. Menga no responde a una moda tardía importada, es un hito de innovación técnica peninsular.

Pero el hallazgo más deslumbrante de las dataciones no es solo su nacimiento, sino su persistencia. Menga no se cerró tras su edificación. Mantuvo una biografía litúrgica ininterrumpida durante las edades del Cobre, Bronce y Hierro, atravesó intacto la época romana, continuó activo durante la Edad Media y permaneció como un centro de agregación en la época moderna, entre los siglos XV y XVIII. Menga nunca fue un simple cementerio olvidado; funcionó durante más de cinco milenios como un templo, un santuario y un faro geográfico.

Esta continuidad litúrgica dejó una huella forense extraordinaria en el pozo de agua situado en las profundidades del dolmen. Durante años se debatió cuándo se clausuró esa estructura hidráulica. Un primer modelo matemático basado en 14 fechas de radiocarbono sugirió que el pozo había sido rellenado en algún momento indeterminado entre 1700 y 1830 d. C. Sin embargo, la investigación combinó el laboratorio radiocarbónico con la tipología histórica. El hallazgo de botones de indumentaria decimonónica dentro del propio relleno sedimentario permitió afinar el tiro. El análisis estilístico demostró que esos botones fueron fabricados entre 1808 y 1873 d. C. Al cruzar la información tipológica de los botones con las curvas bayesianas del Carbono 14, los autores corrigieron y precisaron la fecha del evento con rigor quirúrgico: el pozo fue clausurado de forma repentina entre 1808 y 1830 d. C.. Hablamos de las décadas iniciales del siglo XIX, un periodo donde las autoridades eclesiásticas locales promovieron el cegado sistemático de fuentes y cavidades con arraigo ritual pagano para erradicar costumbres ancestrales que la población aún mantenía vivas dentro de la mole neolítica.

Hoy en día, el Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera, con Menga a la cabeza, se erige como un modelo de conservación, investigación y valorización patrimonial. Su declaración como Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2016 y la apertura de un centro de museo y estudio de vanguardia demuestran que la ciencia rigurosa puede ir de la mano con un turismo cultural sostenible de primer nivel. Menga es la prueba viva de cómo un gigante de piedra puede ser respetado, protegido y convertido en motor científico y económico. Este mismo mes hemos celebrado estos primeros 10 años de reconocimiento, de cuiado y de valor.

Cámara y pozo de Menga.

El contraste entre Menga y el Tholos de Montelirio, ubicado en el gran asentamiento calcolítico de Valencina de la Concepción-Castilleja de Guzmán (Sevilla), no puede ser más radical. La cronología de alta resolución demuestra que Montelirio se construyó casi un milenio después de Menga, alrededor del 2800 y el 2700 a. C., en plena Edad del Cobre.

Montelirio pertenece a un paradigma arquitectónico y social completamente distinto. Frente al gigantismo monolítico y pesado de Menga, Montelirio exhibe una arquitectura más ligera, caracterizada por pasillos extremadamente largos y dos cámaras circulares cubiertas mediante falsas cúpulas de mampostería. Su ciclo de vida tampoco se parece en nada al de Menga. Si el monumento de Antequera acumuló usos durante cincuenta siglos, Montelirio tuvo una vida útil efímera e intensa de apenas unas décadas.

Montelirio no fue un templo comunitario para la eternidad. Fue una estructura funeraria de prestigio construida para albergar el descanso de un grupo seleccionado de la élite social y religiosa. La excavación de su cámara principal reveló los restos de una veintena de personas, predominantemente mujeres vestidas con indumentarias ceremoniales compuestas por miles de cuentas de disco y asociadas a un despliegue de riqueza sin parangón en la Prehistoria europea: láminas de oro, grandes puzles de ámbar importado, aljarcas llenas de cinabrio rojo y puñales de cristal de roca.

El estudio de García Sanjuán vincula la construcción y el uso de Montelirio con el entorno ceremonial de la célebre «Señora del Marfil», la prominente líder política y religiosa cuyo enterramiento individual, repleto de colmillos de elefante asiático y africano, dominó la zona alta del yacimiento. Montelirio fue el monumento levantado para rendir tributo a un linaje de mujeres de alto rango, una suerte de sacerdotisas o mandatarias que concentraron el poder sagrado y la gestión del comercio a larga distancia en el valle del Guadalquivir justo antes de la gran crisis del Calcolítico.

La dama de marfil (Tholos de Montelirio)

Una de las grandes aportaciones teóricas de la cronología de alta resolución presentada en este estudio es el concepto de la génesis espacial. Ninguno de estos grandes monumentos surgió en un solar virgen e indiferente, los constructores no elegían una colina al azar. Tanto Menga como Montelirio se erigieron en emplazamientos que ya atesoraban una profunda memoria ancestral.

En la colina donde se levanta el Dolmen de Menga, la estratigrafía y las analíticas de laboratorio han sacado a la luz evidencias de una intensa actividad humana previo al levantamiento de la cámara dolménica. La piedra no fundó el lugar, en este caso lo que hizo fue sacralizar una colina que las comunidades neolíticas ya utilizaban para sus asambleas y ritos. En Montelirio ocurre exactamente lo mismo, las excavaciones localizaron un enterramiento humano fechado casi dos mil años antes de la edificación del tholos calcolítico. Las sacerdotisas del Cobre decidieron levantar su monumento de cúpula sobre la tierra que sus antepasados lejanos ya habían santificado durante el Neolítico.

Esta necesidad de cuestionar la cronología aparente mediante analíticas avanzadas se refleja perfectamente en otro caso andaluz citado en el trabajo de Sanjuan, la Tumba 10 del yacimiento de Panoría (Granada). En un principio, las dataciones tradicionales de los materiales sugirieron que esta estructura megalítica pertenecía de forma exclusiva a la Edad del Cobre (c. 2510-2385 a. C.). Sin embargo, los investigadores no se conformaron con fechar huesos largos desordenados. Al seleccionar dientes recuperados en el nivel basal y analizar el esmalte mediante radiocarbono, la fecha corregida dio un salto al pasado de más de siete siglos, situando los primeros enterramientos en el 3230-3095 a. C. (Neolítico Final). Este ajuste demostró que los cuerpos originales habían sido retirados o desplazados durante reutilizaciones antiguas. Si los arqueólogos se hubieran limitado a fechar los huesos acumulados en la superficie, habrían concluido erróneamente que la tumba se construyó en el Calcolítico, borrando de un plumazo setecientos años de su historia real.

Si Menga es la cara radiante de la gestión patrimonial en Andalucía, el conjunto de Valencina de la Concepción y Castilleja de Guzmán representa su reverso más amargo. Estamos ante un megasitio de más de 400 hectáreas, una de las mayores aglomeraciones humanas y ceremoniales de la Edad del Cobre en toda Europa occidental. Sin embargo, la puesta en valor integral de este patrimonio de valor universal excepcional ha sufrido retrasos, trabas administrativas y una desidia institucional desesperante.

A pesar de que el Ayuntamiento de Valencina de la Concepción ha dado recientemente un paso al frente aprobando el avance de un nuevo plan urbanístico que proyecta crear un Parque Arqueológico Municipal de 111 hectáreas (el mayor en manos públicas de Europa occidental) y de que se trabaja activamente en la candidatura oficial ante la UNESCO, la realidad sobre el terreno sigue siendo crítica en el término colindante de Castilleja de Guzmán.

El Tholos de Montelirio se encuentra atrapado en una pinza política y territorial. Sobre los terrenos anexos al monumento, conocidos como el Plan Parcial 4, pende la amenaza de proyectos de edificación residencial promovidos por sociedades inmobiliarias. La comunidad científica, encabezada por el Grupo de Investigación Atlas de la Universidad de Sevilla, junto con asociaciones patrimoniales como Montelirio Vivo, Los Dólmenes, Valencina Habitable y colectivos de estudiantes de arqueología, han alzado la voz de alarma. Advierten de que construir promociones de viviendas en esas parcelas rompería de forma irreversible la integridad paisajística, visual y espacial de la Zona Arqueológica, destruyendo además restos prehistóricos aún no excavados que yacen en el subsuelo.

https://www.diariodesevilla.es/entrevistas/construir-adosados-senora-marfil-crimen_0_2003381844.html

La situación es dantesca. Mientras el consistorio de Valencina apuesta por la protección y la candidatura UNESCO, el Ayuntamiento vecino de Castilleja de Guzmán lleva más de un año esperando a que la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía responda y tramite de forma definitiva la solicitud para ampliar la delimitación de protección del Bien de Interés Cultural alrededor del Dolmen de Montelirio. Esta dilación burocrática por parte de la administración autonómica mantiene al monumento en un limbo jurídico peligroso, expuesto al avance de las palas excavadoras y a la especulación urbanística.

La cultura material y la estratigrafía visual son herramientas valiosas, pero resultan insuficientes si no se respaldan con analíticas de laboratorio independientes. La combinación del radiocarbono bayesiano y la luminiscencia OSL nos ha permitido comprender que los megalitos no son bloques estáticos fundados en un día de inspiración, sino palimpsestos vivos construidos, reformados, santificados y clausurados a lo largo de los siglos. Si fuimos capaces de descifrar la fecha exacta en la que un sacerdote o una autoridad del siglo XIX ordenó cegar el pozo de Menga con botones en los bolsillos, resulta inaceptable que la burocracia del siglo XXI ponga en riesgo el entorno del Tholos de Montelirio por la urgencia de levantar un bloque de adosados.

La ciencia ya ha hecho su trabajo. Ahora le toca a la administración estar a la altura de las piedras y de los investigadores.


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